Starvard.VolverHamlet · William Shakespeare
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO Esos suspiros, esos profundos sollozos alguna causa tienen; dime cuál es, conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?
GERTRUDIS Dejadnos solos un instante. (Vanse Ricardo y Guillermo). ¡Ah, señor, lo que he visto esta noche!
CLAUDIO ¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?
GERTRUDIS Furioso está como el mar y el viento cuando disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón; y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.
CLAUDIO ¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza á todos: á mí, á ti misma, á todos en fin. ¡Oh!... ¿y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán, sin duda, á nosotros, porque nuestra autoridad debería haber reprimido á ese joven loco, poniéndole en paraje donde á nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la sustancia vital. ¿Y dónde ha ido?
GERTRUDIS A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza, aunque mezclado tal vez con metales viles.
CLAUDIO Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya; en tanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia para ocultar ó disculpar un hecho tan indigno.
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO ¡Oh Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os ayude... Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto á Polonio, y le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id á buscarle; habladle con dulzura; y haced llevar el cadáver á la capilla. No os detengáis. (Vanse Ricardo y Guillermo). Vamos, que pienso llamar á nuestros más prudentes amigos para darles cuenta de esta imprevista desgracia, y de lo que resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe, y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón á su blanco), errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. ¡Oh!... Vamos de aquí... mi alma está llena de agitación y de terror.
Cuarto de Hamlet
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO
HAMLET Colocado ya en lugar seguro... Pero...
RICARDO (desde adentro) ¡Hamlet! ¡señor!
HAMLET ¿Qué ruido es este? ¿Quién llama á Hamlet?... ¡Oh! ya están aquí. (Salen Ricardo y Guillermo).
RICARDO Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?
HAMLET Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.
RICARDO Decidnos dónde está, para que le hagamos llevar á la capilla.
HAMLET ¡Ah!... no lo creáis, no.
RICARDO ¿Qué es lo que no debemos creer?
HAMLET Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío... Y además, ¿qué ha de responder el hijo de un rey a las instancias de un entrometido palaciego?
RICARDO ¿Entrometido me llamáis?
HAMLET Sí, señor, entrometido; que como una esponja chupa del favor del rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes á lo último de su carrera es cuando sirven mejor al príncipe; porque éste, semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el primero que entró es el último que se traga. Cuando el rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y quedas enjuto otra vez.
RICARDO No comprendo lo que decís.
HAMLET Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.
RICARDO Señor, lo que importa es que nos digáis en dónde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros á ver al rey.
HAMLET El cuerpo está con el rey; pero el rey no está con el cuerpo. El rey viene á ser una cosa, como...
GUILLERMO ¿Qué cosa, señor?
HAMLET Una cosa que no vale nada... Pero guarda, Pablo... Vamos á verle.
Salón de palacio
CLAUDIO
Le he enviado á llamar, y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad á este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esa repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, ó son incurables, ó se alivian con desesperados remedios.
CLAUDIO, RICARDO
CLAUDIO ¿Qué hay, qué ha sucedido?
RICARDO No hemos podido lograr que nos diga adonde ha llevado el cadáver.
CLAUDIO Pero él ¿en dónde está?
RICARDO Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras órdenes.
CLAUDIO Traedle á mi presencia.
RICARDO Guillermo: que venga el príncipe.
CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, criados
CLAUDIO Y bien, Hamlet, ¿en dónde está Polonio?
HAMLET Ha ido á cenar.
CLAUDIO ¿A cenar? ¿Adonde?
HAMLET No adonde coma, sino adonde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el monarca supremo de todos los comedores. Nosotros engordamos á los demás animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo que nos come después. El rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes, pero se sirven á una misma mesa. En esto para todo.
CLAUDIO ¡Ah!
HAMLET Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido á un rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.
CLAUDIO ¿Y qué quieres decir con eso?
HAMLET Nada más que manifestar cómo un rey puede pasar progresivamente á las tripas de un mendigo.
CLAUDIO ¿En dónde está Polonio?
HAMLET En el cielo. Enviad á alguno que lo vea, y si vuestro comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle á buscar á otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.
CLAUDIO Id á buscarle.
(Vanse los criados).
HAMLET No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.
CLAUDIO Este suceso, Hamlet, exige que atiendas á tu propia seguridad, la cual me interesa tanto como lo demuestra el sentimiento que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada diligencia. Prepárate pues. La nave está ya prevenida, el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje á Inglaterra.
HAMLET ¿A Inglaterra?
CLAUDIO Sí, Hamlet.
HAMLET Muy bien.
CLAUDIO Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin á que se encaminan mis deseos.
HAMLET Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos á Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!
CLAUDIO ¿Y tu padre que te ama, Hamlet?
HAMLET Mi madre... Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una carne misma, con que... mi madre... ¡Eh! Vamos á Inglaterra.
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO Seguidle inmediatamente; instad con viveza su embarco, no se dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche. Partid. Cuanto es necesario á esta comisión, está sellado y pronto. Id, no os detengáis. (Vanse Ricardo y Guillermo.) Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad (de cuya importancia mi gran poder te avisa), pues aun miras sangrientas las heridas que recibiste del acero dinamarqués, y en dócil temor me pagas tributos, no dilates tibia la ejecución de mi suprema voluntad, que por cartas escritas á este fin te pide con la mayor instancia la pronta muerte de Hamlet. Su vida es para mí una fiebre ardiente, y tú sola puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y hasta que sepa que descargaste el golpe, por más feliz que mi suerte sea, no se restablecerán en mi corazón la tranquilidad ni la alegría.
Campo solitario en las fronteras de Dinamarca
FORTIMBRAS, un capitán, soldados
FORTIMBRÁS Id, capitán, saludad en mi nombre al monarca danés; decidle que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide el paso libre por su reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio de nuestra reunión. Si algo quiere S. M. comunicarme, hacedle saber que estoy pronto á ir en persona á darle pruebas de mi respeto.
CAPITÁN Así lo haré, señor.
FORTIMBRÁS Y vosotros caminad con paso vagaroso.
Un capitán, HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, soldados
HAMLET Caballero, ¿de dónde son estas tropas?
CAPITÁN De Noruega, señor.
HAMLET Y decidme, ¿adónde se encaminan?
CAPITÁN Contra una parte de Polonia.
HAMLET ¿Quién las acaudilla?
CAPITÁN Fortimbrás, sobrino del anciano rey de Noruega.
HAMLET ¿Se dirigen contra toda Polonia, ó sólo á alguna parte de sus fronteras?
CAPITÁN Para deciros sin rodeos la verdad, vamos á adquirir una porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados, no la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al polaco, aunque á pública subasta la vendan.
HAMLET ¿Sin duda el polaco no tratará de resistir?
CAPITÁN Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.
HAMLET De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte mil ducados no decidirán la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia que revienta en lo interior, sin que exteriormente se vea la razón por que el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.
CAPITÁN Dios os guarde.
(Vanse el capitán y los soldados).
RICARDO ¿Queréis proseguir el camino?
HAMLET Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.
HAMLET
Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando á la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo sólo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no más. No: aquel que nos formó dotados de tan extenso conocimiento, que con él podemos ver lo pasado y lo futuro, no nos dió ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que estuviera nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve á penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes hallo ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército conducido por un príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil y mortal á los golpes de la fortuna, á la muerte, á los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo, sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa, cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como á sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que aun no es suficiente sepultura á tantos cadáveres... ¡Oh! de hoy más, ó no existirá en mi fantasía idea ninguna, ó cuantas forme serán sangrientas.
Galería de palacio
GERTRUDIS, HORACIO
GERTRUDIS No, no quiero hablarla.
HORACIO Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo debe excitar vuestra compasión.
GERTRUDIS ¿Y qué pretende? ¿Qué dice?
HORACIO Habla mucho de su padre: dice que continuamente oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada trastorna con el pie cuanto tal pasar encuentra. Profiere razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de ellas mueve á los que las oyen á retenerlas, examinando el fin con que las dice, y dando á sus palabras una combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva, llegan á creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero nada hay de cierto sino que se halla en el estado más infeliz.
GERTRUDIS Será bien hablarla, antes que mi repulsa esparza conjeturas fatales en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla venir. (Vase Horacio). El más frívolo acaso parece á mi dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el temor de ser descubierto hace tal vez que él mismo se descubra.
GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO
OFELIA ¿En dónde está la hermosa reina de Dinamarca?
GERTRUDIS ¿Cómo va, Ofelia?
OFELIA (Estos versos, y todos los que siguen en el presente acto, los canta Ofelia).
¿Cómo va al amante que fiel te sirva, de otro cualquiera distinguiría? Por las veneras de su esclavina, bordón, sombrero con plumas rizas, y su calzado que adornan cintas.
GERTRUDIS ¡Oh querida mía! ¿y á qué propósito viene esa canción?
OFELIA ¿Eso decís?... Atended a ésta:
Muerto es ya, señora, muerto, y no está aquí. Una tosca piedra á sus plantas vi, y al césped del prado su frente cubrir.
¡Ah! ¡ah! ¡ah! (Dando risotadas).
GERTRUDIS Sí; pero, Ofelia...
OFELIA Oíd, oíd.
Blancos pañales le vestían...
CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO
GERTRUDIS ¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?
OFELIA Blancos pañales le vestían como la nieve del monte, y al sepulcro le conducen cubierto de bellas flores, que en tierno llanto de amor se humedecieron entonces.
CLAUDIO ¿Cómo estás, graciosa niña?
OFELIA Buena: Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fué antes una doncella, hija de un panadero... ¡Ah!... Sabemos lo que somos ahora. Pero no lo que podemos ser... Dios vendrá á visitarnos.
CLAUDIO Alusión á su padre.
OFELIA Pero no, no hablemos más en esto; y si os preguntan lo que significa, decid:
De san Valentino la fiesta es mañana: yo, niña amorosa, al toque del alba iré á que me veas desde tu ventana, para que la suerte dichosa me caiga. Despierta el mancebo, se viste de gala.
Y él responde entonces:
Por el sol te juro que no lo olvidara, si tú no te hubieras venido á mi cama.
CLAUDIO ¡Graciosa Ofelia!
OFELIA Sí, voy á acabar: sin jurarlo, os prometo que la voy á concluir.
¡Ay, mísera! ¡Cielos! ¡Torpeza, villana! ¿Qué galán desprecia ventura tan alta? Pues todos son falsos, le dice indignada: antes que en tus brazos me mirase incauta, de hacerme tu esposa me diste palabra. Y abriendo las puertas entró la muchacha, que viniendo virgen volvió desflorada.
CLAUDIO ¿Cuánto ha que está así?
OFELIA Yo espero que todo irá bien... Debemos tener paciencia... (Se entristece y llora). Pero yo no puedo menos de llorar considerando que le han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... preciso... Y yo os doy las gracias por vuestros buenos consejos... (Con mucha viveza y alegría). Vamos, la carroza. Buenas noches, señoras, buenas noches. Amiguitas, buenas noches, buenas noches, buenas noches.
CLAUDIO (á Horacio) Acompáñala á su cuarto, y haz que la asista suficiente guardia. Yo te lo ruego.
CLAUDIO, GERTRUDIS
CLAUDIO ¡Oh! todo es efecto de un profundo dolor; todo nace de la muerte de su padre; y ahora observo, Gertrudis, que cuando los males vienen, no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones. Su padre muerto, tu hijo ausente habiendo dado él mismo justo motivo á su destierro), el pueblo alterado en tumulto con dañadas ideas y murmuraciones sobre la muerte del buen Polonio, cuyo entierro oculto ha sido no leve imprudencia de nuestra parte; la desdichada Ofelia fuera de sí, turbada su razón, sin la cual somos vanos simulacros, ó comparables sólo á los brutos, y por último (y esto no es menos esencial que todo lo restante), su hermano, que ha venido secretamente de Francia, y en medio de tan extraños casos, se oculta entre sombras misteriosas, sin que falten lenguas maldicientes que envenenen sus oídos, hablándole de la muerte de su padre. Ni en tales discursos, á falta de noticias seguras, dejaremos de ser citados continuamente de boca en boca. Todos estos afanes juntos, mi querida Gertrudis, como una máquina destructora que se dispara, me dan muchas muertes á un tiempo.
(Suena á lo lejos un rumor confuso, que se irá aumentando durante la escena siguiente).
GERTRUDIS ¡Ay Dios! ¿Qué estruendo es éste?
CLAUDIO, GERTRUDIS, un caballero
CLAUDIO ¿En dónde está mi guardia?... Acudid... defended las puertas... ¿Qué es esto?
CABALLERO Huíd, señor. El Océano, sobrepujando sus términos, no traga las llanuras con ímpetu más espantoso, que el que manifiesta el joven Laertes ciego de furor, venciendo la resistencia que le oponen vuestros soldados. El vulgo le apellida señor; y como si ahora comenzase á existir el mundo, la antigüedad y la costumbre (apoyo y seguridad de todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes: «Nosotros elegimos por rey a Laertes.» Los sombreros arrojados al aire, las manos y las lenguas le aplauden, llegando á las nubes la voz general que repite: «Laertes será nuestro rey. ¡Viva Laertes!»
GERTRUDIS ¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa traílla pérfida el rastro mal seguro en que va á perderse!
CLAUDIO Ya han roto las puertas.
LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, soldados y pueblo
LAERTES ¿En dónde está el rey? (Volviéndose hacia la puerta por donde ha salido, detiene á los conjurados que le acompañan, y hace que se retiren). Vosotros quedaos todos afuera.
VOCES No, entremos.
LAERTES Yo os pido que me dejéis.
VOCES Bien, bien está.
LAERTES Gracias, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno príncipe, dame á mi padre.
GERTRUDIS Menos, menos ardor, querido Laertes.
LAERTES Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo á mi padre, é imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima la nota infame de prostituta.
CLAUDIO Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?... Déjale, Gertrudis, no le contengas... no temas nada contra mí. Existe una fuerza divina que defiende á los reyes; la traición no puede como quisiera penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado?... Déjale, Gertrudis... Habla tú.
LAERTES ¿En dónde está mi padre?
CLAUDIO Murió.
GERTRUDIS Pero no le ha muerto el rey.
CLAUDIO Déjale preguntar cuanto quiera.
LAERTES ¿Y cómo ha sido su muerte?... ¡Eh!... No, á mí no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación en el abismo más profundo... La condenación eterna no me horroriza; suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan nada... Sólo aspiro, y éste es el punto en que insisto, sólo aspiro á dar completa venganza á mi difunto padre.
CLAUDIO ¿Y quién te lo puede estorbar?
LAERTES Mi voluntad sola, y no todo el universo; y en cuanto á los medios de que he de valerme, no sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
CLAUDIO Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados é inocentes?
LAERTES No, sólo á mis enemigos.
CLAUDIO ¿Querrás, sin duda, conocerlos?
LAERTES ¡Oh! á mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso los alimentaré, si necesario fuese, con mi sangre misma.
CLAUDIO Ahora hablaste como buen hijo y como caballero. Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara á tu razón, como á tus ojos la luz del día.
VOCES Dejadla entrar.
(Ruido y voces dentro).
LAERTES ¿Qué novedad... qué ruido es éste?
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento. Ofelia sale vestida de blanco, el cabello suelto, y una guirnalda en la cabeza, hecha de paja y flores silvestres, trayendo, en el faldellín muchas flores y hierbas.
LAERTES ¡Oh, calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh, rosa de mayo! ¡amable niña! ¡mi querida Ofelia! ¡mi dulce hermana!... ¡Oh cielos! ¿y es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy fina en amor y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.
OFELIA Lleváronle en su ataúd con el rostro descubierto. Ay no ni, ay ay ay no ni. Y sobre su sepultura muchas lágrimas llovieron. Ay no ni, ay ay ay no ni.
Adiós, querido mío. Adiós.
LAERTES Si gozando de tu razón me incitaras á la venganza, no pudieras conmoverme tanto.
OFELIA Debéis cantar aquello de:
Abajito está: llámele, señor, que abajito está.
¡Ay, qué á propósito viene el estribillo!... El pícaro del mayordomo fué el que robó á la señorita.
LAERTES Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí, que el más concertado discurso.
OFELIA Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. (A Laertes). Tomad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que son para los pensamientos.
LAERTES Aun en medio de su delirio quiere aludir á los pensamientos que la agitan y á sus memorias tristes.
OFELIA (á Gertrudis) Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí... Nosotros podemos llamarla hierba santa del domingo... vos la usaréis con la distinción que os parezca... (A Claudio). Esta es una margarita... Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin.
Un solitario de plumas vario me da placer.
LAERTES Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores del infierno mismo, todo en su boca es gracioso y suave.
OFELIA Nos deja, se va, y no ha de volver. No, que ya murió, no vendrá otra vez... Su barba era nieve, su pelo también. Se fué ¡dolorosa partida! se fué. En vano exhalamos suspiros por él. Los cielos piadosos descanso le den.
A él y á todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh! señores, adiós.
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES
LAERTES ¡Veis esto, Dios mío!
CLAUDIO Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues este derecho. Oyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos aquéllos que te parezca. Oigannos á entrambos, y juzguen. Si por mí propio ó por mano ajena resultó culpado, mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.
LAERTES Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su obscuro funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo á la tierra por un examen el más riguroso.
CLAUDIO Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.
Sala en casa de Horacio
HORACIO, un criado
HORACIO ¿Quiénes son los que me quieren hablar?
CRIADO Unos marineros que, según dicen, os traen cartas.
HORACIO Hazlos entrar. (Vase el criado). Yo no sé de qué parte del mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.
HORACIO, dos marineros
MARINERO 1º Dios os guarde.
HORACIO Y á vosotros también.
MARINERO 1º Así lo hará, si es su voluntad. Estas cartas del embajador que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas á vos, si os llamáis Horacio como nos han dicho.
HORACIO. (Lee la carta.)--«Horacio: luego que hayas leído esta, dirigirás esos hombres al rey, para el cual les he dado una carta. Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó á darnos caza un pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos vimos precisados á apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el rey reciba las cartas que le envío, y tú ven á verme con tanta diligencia como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al oído, que te dejarán atónito, bien que todas ellas no serán suficientes á expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino á Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre.--HAMLET.»
Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene hacerlo pronto, á fin de que me llevéis después adonde queda el que os las entregó.
Gabinete del rey
CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo, y me darás lugar en el corazón como á tu amigo, después que has oído con pruebas evidentes que el matador de tu noble padre conspiraba contra mi vida.
LAERTES Claramente se manifiesta... Pero decidme: ¿por qué no procedéis contra excesos tan graves y culpables, cuando vuestra prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente á reprimirlos?
CLAUDIO Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles, para mí han sido muy poderosas. Una es que la reina su madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia ó felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma á la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder contra el agresor públicamente, es el grande cariño que le tiene el pueblo; el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del príncipe, convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia dispararse, que resistan á huracán tan fuerte; y sin tocar el punto á que las dirija, se volverán otra vez al arco.
LAERTES Sí, y en tanto yo he perdido á un ilustre padre, y hallo á una hermana en la más deplorable situación... Mi hermana, cuyo mérito (si alcanza el elogio á lo que ya no existe) se levantó sobre lo más sublime de su siglo, por las raras prendas que en ella se admiraron juntas... Pero llegará, llegará el tiempo de mi venganza.
CLAUDIO Ese cuidado no debe interrumpirte el sueño, ni has de presumir que yo esté formado de materia tan insensible y dura, que me deje remesar la barba y lo tome á fiesta... Presto te informaré de lo demás. Basta decirte que amé á tu padre, que nosotros nos amamos también, y que espero darte á conocer la... Pero... ¿Qué noticias traes?
CLAUDIO, LAERTES, un guardia
GUARDIA Señor, veis aquí las cartas del príncipe: ésta, para V. M., y ésta, para la reina.
(Da unas cartas á Claudio).
CLAUDIO ¡De Hamlet! ¿Quién las ha traído!
GUARDIA Dicen que unos marineros; yo no los he visto. Horacio, que las recibió del que las trajo, es el que me las ha entregado á mí.
CLAUDIO Oirás lo que dicen, Laertes. Déjanos solos.
CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO. (Lee una carta.)--«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la causa de mi extraña y repentina vuelta.--HAMLET.»
¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay alguna equivocación, ó acaso todo es falso?
LAERTES ¿Conocéis la letra?
CLAUDIO (examinando con atención la carta) Sí, es de Hamlet... Desnudo... y en una enmienda que hay aquí, dice: solo... ¿Qué puede ser esto?
LAERTES Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.
CLAUDIO Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?
LAERTES Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.
CLAUDIO A tu propia paz, no á otra ninguna. Si él vuelve ahora disgustado de este viaje y rehusa comenzarle de nuevo, yo le ocuparé en una empresa que medito, en la cual perecerá sin duda. Esta muerte no excitará el aura más leve de acusación; su madre misma absolverá el hecho juzgándole casual.
LAERTES Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que yo sea el instrumento que le ejecute.
CLAUDIO Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola, que en mi opinión ocupa el último lugar.
LAERTES ¿Y qué habilidad es, señor?
CLAUDIO No es más que un lazo en el sombrero de la juventud, pero que le es muy necesario; puesto que así son propios de la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que se viste por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco á los franceses muy bien, he militado contra ellos, y son, por cierto, buenos jinetes; pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo; y tanto excedió á mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar no llegaron á lo que él hizo.
LAERTES ¿Decís que era normando?
CLAUDIO Sí, normando.
LAERTES Ese es Lamond, sin duda.
CLAUDIO El mismo.
LAERTES Le conozco bien, y es la joya más preciosa de su nación.
CLAUDIO Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque; tanto, que dijo alguna vez que sería un espectáculo admirable verte lidiar con otro de igual mérito, si pudiera hallarse; puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso para batallar contigo. Fuera de esto...
LAERTES ¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO Laertes, ¿amaste á tu padre, ó eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante cuando les falta un corazón?
LAERTES ¿Por qué lo preguntáis?
CLAUDIO No porque piense que no amabas á tu padre, sino porque sé que el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus centellas, según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha ó pábilo que la destruye al fin; nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces aquel estéril deseo es semejante á un suspiro que exhalando pródigo el aliento, causa daño en vez de dar alivio... Pero toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve... ¿Qué acción emprenderías tú para manifestar más con las obras que con las palabras que eres digno hijo de tu padre?
LAERTES ¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.
CLAUDIO Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz lo que te diré: Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet, sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando tu destreza den un nuevo lustre á los elogios que hizo de ti el francés. Por último, llegaréis á veros; se harán apuestas en favor de uno y otro... él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.
LAERTES Así lo haré, y á ese fin quiero envenenar la espada con cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que mojando un cuchillo en él, adondequiera que haga sangre introduce la muerte, sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo bañaré la punta de mi espada con este veneno, para que apenas le toque muera.
CLAUDIO Reflexionemos más sobre esto... Examinemos qué ocasión, qué medios serán más oportunos á nuestro engaño; porque si tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... calla... ¿Qué ruido se escucha?
(Suena ruido dentro).
GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES
CLAUDIO ¿Qué ocurre de nuevo, amada reina?
GERTRUDIS Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan inmediatas caminan. Laertes, tu hermana acaba de ahogarse.
LAERTES ¡Ahogada!... ¿En dónde?... ¡Cielos!
GERTRUDIS Donde hallaréis un sauce que crece á las orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas. Allí se encaminó ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas doncellas llaman dedos de muerto. Llegada que fué, se quitó la guirnalda, y queriendo subir á suspenderla de los pendientes ramos, se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante á una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, ó como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho espacio... Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, la arrebataron á la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte, llena de angustias.
LAERTES Qué, ¿en fin se ahogó? ¡Mísero!
GERTRUDIS Sí, se ahogó, se ahogó.
LAERTES ¡Desdichada Ofelia! demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir la de mis ojos.... Bien que á pesar de todos nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el valor se avergüence... Pero luego que este llanto se vierta, nada quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós, señores... Mis palabras de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas imprudentes.
(Vase Laertes).
CLAUDIO Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez. Conviene seguirle.
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Fin de la parte 5 de 6
Sigue leyendoActo VTraducción de Leandro Fernández de Moratín · Texto de Project Gutenberg, ebook n.º 56454 · Dominio público
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